Mucho más que un hotel


en Almodóvar del Campo

“Sigilosamente, golpeé el imponente portón
de madera y hierro que se erguía frente a mí”

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Hora del almuerzo

Casi al unísono, las campanas de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción dieron las dos en punto. Se respiraba el aroma de tantos cocidos que se guisaban en las casas de Almodóvar del Campo cada día a esa hora.

Solo por eso, ya había merecido la pena reservar el Hotel Rural Sisapo.

¿Serían estos placeres gastronómicos los que seducirían a Cervantes también y le harían visitar esta encantadora población manchega en repetidas veces?

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Incluso a través de la gruesa madera de roble que me separaba del interior de este acogedor hotel en Almodóvar del Campo, conseguí percibir el ritmo de unos pasos que se acercaban a abrirme: tal era el sosiego que se vivía aquí a esta cálida hora del día.

El portón
chirrió al abrirse

Incluso a través de la gruesa madera de roble que me separaba del interior de este acogedor

hotel en Almodóvar del Campo, conseguí percibir el ritmo de unos pasos que se acercaban a abrirme: tal era el sosiego que se vivía aquí a esta cálida hora del día.

El portón
chirrió al abrirse

“¡Una buena dosis de suerte siempre viene bien!”

¡Una buena dosis de suerte siempre viene bien!¡Una buena dosis de suerte siempre viene bien!¡Una buena dosis de suerte siempre viene bien!¡Una buena dosis de suerte siempre viene bien!¡Una buena dosis de suerte siempre viene bien!¡Una buena dosis de suerte siempre viene bien!¡Una buena dosis de suerte siempre viene bien!¡Una buena dosis de suerte siempre viene bien!¡Una buena dosis de suerte siempre viene bien!¡Una buena dosis de suerte siempre viene bien!

“¡Una buena dosis de suerte siempre viene bien!”

Incluso a través de la gruesa madera de roble que me separaba del interior de este acogedor hotel en Almodóvar del Campo, conseguí percibir el ritmo de unos pasos que se acercaban a abrirme: tal era el sosiego que se vivía aquí a esta cálida hora del día.

El portón
chirrió al abrirse

Incluso a través de la gruesa madera de roble que me separaba del interior de este acogedor

hotel en Almodóvar del Campo, conseguí percibir el ritmo de unos pasos que se acercaban a abrirme: tal era el sosiego que se vivía aquí a esta cálida hora del día.

El portón
chirrió al abrirse

Algo me obligaba a recrearme indefinidamente en todos los elementos de este patio manchego:

sus muros rocosos, sus paredes blancas, las esbeltas columnas, el corretear del agua, el reflejo de la luz en las ventanas…

“No tengas prisa”,
me dijo.
No la tuve.

Habitación Cinco.

¿Cómo sabían que era mi número favorito?

“No te preocupes por las maletas. Te las subimos nosotros inmediatamente.”

Fue buscar “Alojamiento en Ciudad Real”, ver las imágenes de este hotel, y pensar: no busques más.

Con el tiempo, he aprendido a confiar en mis instintos.

Una vez más,
no me han defraudado.